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El Pacífico colombiano es un corredor de vida y de muerte. Un territorio donde la riqueza natural convive con una presencia estatal intermitente, selectiva, a veces brutal. Sobre la piel tensa del océano Pacífico, se desplazan los lancheros: hijos del río, hermanos del manglar. Hombres afrodescendientes cuya relación con el agua no es de ocio ni de turismo, sino de supervivencia.

Los lancheros conocen el mar como quien conoce una herida: saben cuándo la marea avisa y cuándo la corriente engaña. Su conocimiento no proviene de manuales, sino del músculo, del oído fino, del pulso entrenado para leer la bruma. Este saber, profundo y vital, los convierte en piezas útiles y fácilmente instrumentales dentro de una maquinaria mayor: la del tráfico de drogas.

Ahí, los lancheros no son capos ni dueños de las rutas del narcotráfico, sino engranajes desechables. Se les captura, se les nombra narcotraficantes. No hay presunción de inocencia: su color de piel, su lugar de origen y su vínculo con el mar son, para el Estado, prueba suficiente. Son criminalizados sin contexto, sin historia, sin defensa. ¿Cómo se entiende este fenómeno? ¿Qué lógicas lo sostienen?

Aquí es donde entra el análisis crítico del poder. El Estado, en su forma moderna, tal y como lo señala Mbembe (2003), ya no solo “hace vivir”, también “deja morir”. La muerte, entonces, se convierte en una función estatal aceptable, siempre que recaiga sobre los cuerpos desechables correctos.

En este contexto, la figura del lanchero es profundamente paradójica: es herramienta de trabajo y propiedad prescindible. Tiene valor, pero no derechos. Está vivo, pero ha sido socialmente asesinado. Es el heredero de una condición esclavizada que nunca fue plenamente desmontada: la del cuerpo negro útil y eliminable.

En esta economía política de la vida y la muerte, las personas negras no son   simplemente un sujeto subordinado: es un cuerpo amenazante, un excedente, un enemigo interno. Su existencia no genera cuidado, sino sospecha. Su eliminación, por acción directa o por abandono sistemático, se presenta como una legítima defensa del orden.